lunes, 13 de julio de 2009

Una traición incalificable



Hacía ya un año que trabajaba en mi obra, en mi gran obra. Todos los días invertía cinco, seis, diez horas en este trabajo-cumbre que ya se disputaban las mejores revistas literarias del mundo. Los muebles, el parquet y los libros de mi cuarto se complacían al verme trabajar en esta obra genial.
Apenas sentado, agrupábanse a mi alrededor la mesa, la librería y la cama, que chirriaban satisfechos. La librería sobre todo, se aproximaba más, de puntillas, y arqueaba sus lomos de libros en actitud expectante. Una araña que trabajaba en una gran casa en construcción de un ángulo, se deslizaba siempre por la polea de su andamio y asentía con las patas.
Mi único enemigo, incitante y bronquista, era el viento. Casi todas las noches, antes de entrar en mi cuarto, le dejaba silbando alegremente entrelazado por los cables de la calle o entreteniéndose en jugar con los papeles que pastaban por el empedrado. Pero apenas me desvestía, y la butaca complaciente sacudías el polvo, abriendo sus cordiales brazos para recibirme, comenzaba a dar violentos golpes en el lomo de la ventana, queriendo colarse por algún resquicio o intentando abrirla por fuerza; pero mi ventana entrecruzaba bien sus dos nervudos y únicos dedos, se mofaba del viento. Éste, para vengarse, zarandeaba con ímpetu salvaje las paredes, silbando estrepitosamente, y arrojaba puñados de polvo y piedras contra la vidriera. Mas yo, a pesar de todo, me mantenía ecuánime, y seguía trabajando.
Una noche, por fin, me juró, que si le dejaba entrar, para apreciar mi obra, no volvería a molestarme, antes al contrario, me traería toda clase de perfumes y músicas y arrullaría mi gran trabajo.
Engolosinado por esta proposición, y además, forzoso es confesarlo, por ese algo de legítimo orgullo de que tan importante personaje se interesase por mi obra, me dispuse a acceder. El viento, aullando de la alegría, arrancó dos árboles, dio un giro de 45º a algunas casas y repiqueteó todas las campanas de la ciudad en un bandeo triunfal. No contento con esto, alardeó de nigromante. A tres curas que se deslizaban por la calle los transformó en otros tantos paraguas invertidos; hizo de las calles y de las casas Himalayas envueltos en sus nubes, y en las mesas de los cafés brotaron a su conjuro trapos, papeles, pajas, y otros objetos de Gran Bisutería del Basurero.
Por fin me decidí a recibirle, considerando su interés en agradecerme, y abrí la ventana.
El viento, grotesco se precipitó por los bordes y husmeó inquietamente por todas partes. Donde causó un verdadero terror fue en el cesto de los papeles; reposaban tranquilamente, mas al advertir la presencia del monstruo, asustados, enloquecidos, cabriolaron unos encima de otros, se arremolinaron y huyeron en todas direcciones hasta cobijarse en el cubo debajo del armario; porque el viento es el gato de los papeles.
Francamente: quedé amoscado ante su informalidad y poco interés demostrado en hojear mi obra, por lo cual le amonesté severamente. Entonces, fingiendo mucha atención, revistó las miles de cuartillas, haciéndolas sonar como un prestigiador la baraja; mas de pronto, de un solo manotazo, las lanzó al espacio por la estupefacta ventana que abría su gran boca de asombro, y se lanzó él detrás.
Quedé aterrado, insensible, desencuadernado para siempre. Se había llevado mi obra, mi definitiva obra, que volaba convertida en gaviotas por el horizonte.
Juré vengarme sin tardanza. Pronto di en el modo. Cuando le vi dormir en el tejado, donde botezaban las chimeneas, también adormiladas por su ronquido, puse otra ventana apenas ajustaba, que se desquiciaba por instantes. Y cayó en la red.
Como siempre, al despertarse se lanzó contra ella, pero se encontró apresado, vencido, derrotado por las hendiduras.
Hace años que gime tristemente y pide su libertad. Yo, inflexible, allí le tendré esposado con los resquicios de la ventana, siempre cerrada y siempre segura de sí misma. No se juega conmigo.

-Luis Buñuel