domingo, 1 de marzo de 2009

Pesimismo

He estado siempre al lado de aquellos que buscan la verdad, pero los dejo cuando creen haberla encontrado. Se vuelven muy a menudo fanáticos, lo que detesto, o si no ideólogos: no soy intelectual y sus discursos me hacen huir. Como todos los discursos. Para mí el mejor orador es aquel que desde la primera frase saca de sus bolsillos un par de pistolas y dispara sobre el público.
Soy un hombre tranquilo que habría querido ser escritor o pintor. Pero escribo con dificultad para un resultado que me gusta poco. No soy muy sensible a los colores y sólo la pintura figurativa me interesa a condición de que la escena que representa me guste. He escrito sin embargo, en mi juventud, un libro compuesto de poemas, de ensayos, de cuentos que jamás he publicado. Lo había titulado Un perro andaluz. Pero Dalí me convenció que el título convendría mejor a mi primera película porque en ella no había nada andaluz y porque jamás se trataba de un perro. Hemos imaginado este film juntos, cuando aún éramos amigos. Dalí había soñado con una mano agujereada de la que salían hormigas, y yo con un ojo seccionado. Hemos continuado así, ora sacando imágenes de nuestros sueños, ora buscando otras que conservábamos si no correspondían a nada de lo que ya conocíamos. En ocho días encontramos material para una película que mi madre me ayudó a realizar económicamente. El cine me había seducido siempre porque es un medio de expresión completo, alternativamente realista u onírico, narrativo, absurdo o poético. Un día vi la película de Fritz Lang Les trois lumières y creo que la escena de la procesión funeraria que penetra en un muro decidió mi vocación. Después de Un perro andaluz tenía todavía más ganas de continuar haciendo cine. Volví a París, que me fascinaba por la abundancia de su vida artística. Me uní a Breton, a Éluard, y después al conjunto del grupo surrealista que se había entusiasmado con mi película, mientras que Lorca la detestaba. Inventé Gags. Había puesto a punto una veintena pero no tenía dinero para hacer el film que deseaba. Con la ayuda de amigos se convirtieron en L’Âge d’Or. Después, la lectura de un libro admirable, escrito por un francés que había pasado una parte de su vida en Las Hurdes, me inspiro Terre sans pain.
No he realizado más películas durante quince años. En Hollywood, durante 1930, recibí propuestas para ser productor pero no para dirigir películas. Pedí entonces permiso al grupo surrealista para ir a los EE.UU. y me lo fue dado. No me encontraba muy feliz allí cuando Dalí publicó un libro en el que me denunciaba como ateo, insinuaba que era comunista (no lo he sido jamás, ni anarquista tampoco), y que no soñaba nada más que en revueltas y desórdenes, he sufrido tantas molestias que tuve que presentar mi dimisión. Allí comencé a hacer otra vez cine con Gran Casino, que considero una pala película.
Todo género de espectáculo tiene su público en particular. El que va al cine es, en general, el menos simpático de todos. Hacer cola lo pone de mal humor: jamás se le ve el entusiasmo de un aficionado a una corrida de toros. En el fondo, es un falso público que no está en relación con nadie sino con imágenes. Estas imágenes lo adormilan si son vulgares o lo distraen si son muy bonitas. Los americanos que lo han comprendido perfectamente dan prioridad a la acción. Guardo de mi estancia en los EE.UU. gran admiración por el cine americano, sus actores, su sentido del ritmo y de la acción. Sus cineastas han tratado con una maestría única un arte moderno que corresponde muy bien al temperamento de este pueblo, puede ser porque la técnica juegue allí un papel esencial. En todo caso, he querido como ellos eliminar de mis películas las bellas imágenes en las que el cine europeo se ha perdido a menudo, exceptuando a Visconti. Algunas veces me he sentido tentado: el principio de Nazarín habría podido ser una imagen soberbia con el Popocatpetl cubierto de nieve con una luz digna de la creación del mundo. He rodado ese plano. Pero he querido también que Nazarín llegue por un camino lleno de baches, en un paisaje miserable y sin atractivo. He escogido este segundo plano.
En mis películas concedo por consiguiente una importancia particular a la acción y me esfuerzo por crear incesantemente sorpresas. El punto de partida es a menudo una idea muy simple: gentes que no puedan llegar a comer (Le charme discret de la bourgeoisie) o que son incapaces de salir de algún lugar (El ángel exterminador). Esta idea es progresivamente desarrollada hasta convertirse en un argumento muy preciso que me guía a lo largo de la realización y el montaje. El montaje, que reúne las escenas filmadas en desorden y da un film unidad, no es más que un asunto de dos o tres días. En revancha, los detalles de los planos son inventados a medida que el rodaje, con una preocupación constante de romper la evolución de cada escena, de crear rupturas. En Cet obscur objet du désir, en el momento en que Fernando Rey da dinero a la madre para tener una cita con su hija al día siguiente, una rata cae del techo. ES una rata de caucho. Me gusta que la sorpresa haga reír y me sirvo mucho de objetos, del fetichismo que inspiran, para crear un efecto cómico. Bien es cierto decir que el fetichismo me molesta en la realidad.
El cine me parece un arte transitorio y amenazado. Está muy estrechamente ligado a la evolución de la técnica. Si dentro de 30 o 50 años la pantalla ya no existe, si el montaje no es necesario, el cine habrá dejado de existir. Habrá llegado a ser otra cosa. Estamos ya casi en este caso cuando un film se pasa por televisión: la pequeña dimensión de la pantalla lo falsea todo. ¿Qué quedará entonces de mis películas? La mayoría no me inspiran ninguna estima. Sólo guardo cierto cariño por una decena de ellas, lo que es poco en relación con las que he filmado: L’Âge d’Or, sobre todo; Nazarín; Un chien andalou; Simón del desierto; Los olvidados, cuya preparación me hizo conocer la delincuencia infantil y me sumergió en el corazón de la miseria mexicana: Viridiana; Robinson Crusoe; La vida criminal de Archibaldo de la Cruz; La Voie Lactée; Le charme discret de la bourgeoisie…
Son las películas que expresan mejor mi visión de la vida. El surrealismo me ha hecho comprender que la libertad y la justicia no existen, pero me ha aportado también una moral. Una moral sobre la solidaridad humana cuya importancia para mí había sido comprendida por Éluard y Breton cuando me llamaban con humor «El director de la conciencia» en su dedicatoria de La Inmaculada Concepción. He ilustrado esta moral a mi manera que es muy particular porque creo que soy por naturaleza un espíritu destructor.
Y desde luego de toda sociedad. A menudo he vuelto sobre el tema del hombre en lucha contra una sociedad que busca oprimirlo y degradarlo.
Cada hombre me parece digno de interés, pero cuando están reunidos, su agresividad queda libre convirtiéndose en un ataque o en huida, ejerciendo violencia o sufriéndola. La historia de las herejías lo demuestra perfectamente, y es ésta la razón por la que me he interesado mucho por las herejías, como puede encontrarse indirectamente en muchas de mis películas, y sobre todo en La Voie Lactée. Me fascina ver que si unos hombres se reúnen alrededor de una convicción, si forman una sociedad fundad en esta convicción, basta que uno de ellos difiera, aunque sea de manera ínfima, para que sea tratado como el peor de los enemigos. Una secta protestante del siglo XVII ha sido perseguida a la vez por los católicos y por otros protestantes porque mantenía que el cuerpo de Cristo se encontraba en la hostia como el conejo dentro de la empanada. Matar hombres por esto me parece una monstruosidad absurda. No me gustan los herejes, ni Lutero, ni Calvino. Con ellos la misa se convierte en una conferencia aburrida pronunciada en una sala triste por un hombre vestido de negro. La iglesia católica, al menos, ha tenido el mérito de crear una arquitectura, una liturgia, una música que me conmueven. Pero admiro al hombre que permanece fiel a su conciencia, cualquier cosa que ésta le inspire. Aunque he tratado burlonamente a la mayor parte de los protagonistas de mis películas, jamás me he burlado de Nazarín o de Robinson Cursoe: he respetado su pureza. En el fondo, siempre he elegido al hombre contra los hombres.
Hoy he llegado a ser mucho más pesimista. Creo que nuestro mundo está perdido. Será destruido por la explosión demográfica, la tecnología, la ciencia y la información. Es lo que llamo los cuatro jinetes del Apocalipsis. Me siento asustado por la ciencia moderna que nos conducirá a la tumba por la guerra nuclear o las manipulaciones genéticas, a menos que lo sea por la psiquiatría como en la Unión Soviética. Europa deberá recrear una nueva civilización, pero temo que la ciencia y las locuras que es capaz de desencadenar no dejen tiempo para llegar a hacerlo.
Si tuviese que hacer un último film lo haría sobre la complicidad de la ciencia y del terrorismo. Aunque comprendo las motivaciones del terrorismo, las desapruebo totalmente. No resuelve nada: hace el juego a la derecha y a la represión. Uno de los temas del film sería el siguiente: una banda de terroristas internacionales se prepara para cometer un grave atentado en Francia, y en ese momento se conoce la noticia de que una bomba atómica ha explotado sobre Jerusalén. La movilización general es decretada en todos los lugares; la guerra mundial es inminente. Entonces, el jefe de la banda telefonea al presidente de la República. Informa a las autoridades francesas del lugar exacto, en una barcaza cerca del Louvre, donde pueden recuperar antes de que explote la bomba atómica que han depositado allí. En efecto, su organización había decidido destruir el centro de la civilización, pero ha renunciado al atentado porque la guerra mundial va a estallar y la misión del terrorismo ha terminado. En adelante es asumida por los gobiernos que toman a su cargo la destrucción del mundo.
El exceso de información ejerce también un importante deterioro en la conciencia de los hombres actuales. Si el Papa muere, si un jefe de Estado es asesinado, la televisión está allí. ¿Para qué le sirve al hombre estar presente en todas partes? El hombre de nuestros días jamás se encuentra consigo mismo como sabía hacerlo durante la Edad Media.
De todo esto resulta que la angustia es absoluta, y la confusión, total.
He conocido una época en que la derecha y la izquierda ocupaban posiciones bien definidas. La lucha tenía entonces un sentido. Ahora la civilización soviética me parece igualmente trágica que el mundo occidental. ¿Queda como única elección refugiarse en Moscú, que detesto, o en Nueva York, que no me gusta? Elegiría Nueva York, pero ¡con qué tristeza!
A veces busco una luz de esperanza en este mundo de pesimismo.
Sueño que la ciencia se ha vuelto más sabia, y los sabios, conscientes de su responsabilidad.
En la película en que pensaba, hubiese querido rodar en la sala del Reichstag una reunión de quince premios Nobel científicos recomendando colocar bombas atómicas en el fondo de los pozos petrolíferos. La ciencia entonces nos sanaría de aquello que alimenta nuestras locuras. Pero creo más bien que lo peor terminará arrastrándonos, porque después de Le chien andalou el mundo ha progresado hacia el absurdo.
Sólo yo no he cambiado. Permanezco católico y ateo gracias a Dios.

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