jueves, 16 de abril de 2009

El arco iris y la cataplasma



¿Cuántos maristas caben en una pasarela?

¿Cuatro o cinco?
¿Cuántas corcheas tiene un tenorio?

1, 230,424.

Estas preguntas son fáciles.

 

¿Una tecla es un piojo?
¿Me constiparé en los muslos de mi amante?
¿Excomulgará el Papa a las embarazadas?
¿Saben cantar los policías?
¿Los hipopótamos son felices?
¿Los pederastas son marineros?
Y estas preguntas, ¿son también fáciles?

Dentro de unos instantes vendrán por la calle dos salivas de la mano

Conduciendo un colegio de niños sordomudos.

 

¿Sería descortés si yo les vomitara un piano desde mi balcón?

 

Luis Buñuel




lunes, 6 de abril de 2009

Por qué no Uso Reloj (Cuento)



Estaba escribiendo una carta sin importancia, por lo tanto lo que voy a narrar no fue sugestión producida por un especial estado de conciencia, ni debió ser un sueño, ya que momentos antes estuve dando caza a una impertinente mosca que me molestaba de continuo hablándome al oído – como esos viejos sordos, que cuchichean bajito y pesadamente cosas insoportables- y al día siguiente de mi aventura encontré su cadáver en el ataúd que le formó la tapa del tintero.

Me hallaba, pues, escribiendo. De pronto oí cerca de mí un tictac más fuerte que los demás y como pronunciando con el solo objeto de llamar la atención; pero cuál no sería mi estupefacción al encontrarme frente a frente con el ser más extraño que pudo crear la imaginación.

   Tenía dos pies, uno de plomo y el otro de pluma; el cuerpo lo formaba una varilla de acero mohoso, y la cabeza no era otra cosa que un disco de latón dorado con un desigual bigote en forma de saetas y dos minúsculos ojillos, como esos que tienen los relojes para darles cuerda. Todo él demostraba un empaque y una jactancia verdaderamente insoportable.

   Admirado, aun cuando ofendido le interrogué:

- Dígame usted, ¿por qué se ha introducido en mi cuarto sin haber tenido la discreción de llamar a la puerta?

  El extravagante hombrecillo no se inmutó por mi desabrimiento y replicó con mucho desenfado:

 - Caballerete, desde que usted ha nacido anda conmigo y no se ha dignado, hasta ahora, de hacerme tales preguntas.

 Amoscado por este tono despectivo dije yo:

- Contenga usted la lengua y no me aplique el título de Caballerete, pues tengo otros más honoríficos-, y para probarlo iba a sacar de mi pupitre documentos que lo acreditasen.

- Calma, joven- me respondió-. Yo soy tan viejo como usted no puede ni soñar y mi edad me permite hablarle en este tono autoritario.

- Entonces, ¿quién es usted?

-Soy el Tiempo.

  Un ¡oh! De estupor, perfectamente circular, se dibujó en mi boca. Pero él se apresuró a continuar:

- No se asombre, porque el materializarme en esta forma no fue más que por pura simpatía hacia usted. Por otra parte quiero hacerle revelaciones que acaso le interesen.

 Al decir esto se arrellanó cómodamente en un cojín. Con el asombro consiguiente vi que el reloj de la pared y el despertador se desplazaban de su sitio y, moviendo la cola, iban a lamerle los pies. Entonces no me cupo ya la menor duda de que era con el propio Tiempo con quien hablaba. Ahora voy a transcribir íntegramente su relato.

   He aquí lo que dijo:

   -Amigo mío, esta noche he tenido un gesto audaz. Me he anulado yo mismo unas horas en la Eternidad.

   »Nadie se habrá enterado más que usted de que mientras permanezca aquí, nada envejecerá y todo lo existente habrá desaparecido. Pero voy a hablarle a usted de mi vida. Toda mi historia puede dividirse en dos periodos: antes de la invención de los relojes y desde entonces acá. Mi primera época se deslizaba en alegres jugueteos, con mi hermano el Espacio, por todos los lugares que poseemos en el Universo. Lo pasábamos bien ¡voto a tal! Y sólo una nubecilla enturbiaba nuestra existencia. Era ésta de carácter gastronómico. Crea usted que no había ni una cocina, ni un restaurante, ni siquiera un prado. La carencia total de alimento fue lo que me impulsó a comerme a mis hijos apenas nacían. Luego he visto que se me ha retratado como un viejo monstruoso y feroz, teófago por egoísmo y malos instintos.

Mas, juro solemnemente –y al decir esto el péndulo osciló graciosamente hacia el estómago- que tales supuestos crímenes eran tan sólo para satisfacer mi apetito. Por otra parte, el no comerse a los hijos pertenece a una moral muy en moda hará unos cuatro o cinco mil años.

   Dijo esto de los cinco o seis mil años, como quien dice tres o cuatro días.

  -Pero amigo mío, desde que el primer reloj hizo su aparición – y sus bigotes antes erguidos y marciales marcaron ahora las 7 y 25- no ha habido un momento de reposo para mí. Necesito multiplicarme, elevarme a una enésima potencia para poder funcionar todos los relojes existentes.

  Habrá usted observado que a veces no puedo con tanto trabajo y cuando eso acaece suelen enmudecer mis enemigos. La agitación es excesiva de unos siglos a esta parte, a pesar de lo cual oirá y aun leerá usted alguna vez «Discurría tranquilamente el tiempo…», «El tiempo tranquilo prometía…», pero, créame, eso no son más que infundios y necedades, a las cuales no debe usted hacer caso.

   Al llegar aquí, una tosecilla molesta le asaltó y tosió las 8.

   Veo que tiene usted ahí el retrato de ese majadero de Einstein. Mi experiencia me acoraza contra los insultos, pero el de relativo es el que más me ha dolido. Resulta que no bastan las falsedades que se me han levantado, sino que ahora soy la comidilla de las gentes por culpa de esa mala persona.

   De pronto su cuerpo comenzó a estirarse desmesuradamente. Yo me revolvía inquieto en la silla al ver un nuevo prodigio en aquella noche fantasmagórica. El Tiempo se alargaba demasiado.

- No se intranquilice usted- me dijo ya del todo calmado- que enseguida termino y me voy. Pero no lo haré sin antes favorecerle en todo lo posible. Desde luego, cuando la vejez vaya a atraparte con sus garras trémulas yo seré quien la detenga y quedará eternamente joven.

 -No, muchas gracias- respondí vivamente-, quiero que mi hora me llegue como a todos.

 - Es usted un hombre sensato- me respondió-. Si rehúsa esto, entonces le contaré entre mis hijos dilectos y como a ellos le favoreceré.  

 - Pero, ¿desearía saber quiénes van a ser mis hermanos?

 -¡Hombre, por Dios! Pues sus hermanos serán los timadores y ladrones de relojes, porque ellos me alivian mucho en mi faena haciendo desaparecer de los bolsillos esos pequeños instrumentos que para mí son lo más enojosos, porque existen en mayor cantidad. Mis hijos son también los perezosos, porque usan de mí con moderación. Mis hijos son…

 -No siga- dije precipitadamente-. ¿Quiere usted hermanarme con timadores, con perezosos? De ningún modo acepto sus favores.

 -Es usted un joven sin experiencia, demasiado ingenuo. Desengáñese que los que mejor han vivido son ésos y los muchos que aún iba a citar. Si usted fuera artista amaría, por ejemplo, unas horas de tedio, mi hijo predilecto.

 -Estoy viendo que sus más amados hijos son las cualidades más desacreditadas entre los hombres. Me está usted resultando un ser vago, desaprensivo, egoísta.

  El tiempo amenazaba borrasca. Sus saetas se encolerizaban. Dio las ocho y media de una manera tan amenazadora, que yo llegué a sentir verdadero temor.

 -Basta, joven, puesto que desdeña mis favores, sufrirá mis disfavores. Por lo pronto, antes de dos días se quedará usted sin relojes. Dicho esto, desapareció bruscamente.

  Y su maldición se cumplió, pues no habían transcurrido ni dos días de mi aventura, cuando me vi sin una peseta y tuve que empeñar mis dos amados relojes.

  Además sufría una obsesión constante. Todos los relojes con que me topaba me miraban amenazadoramente y sus saetas se erizaban con ira.

 Otros, cuando quería enterarme de la hora, giraban burlonamente desconcertantes.

  Por eso me compré un reloj de arena y lo puse sobre la mesa. Pero después de todo no tenía la culpa de su deshonra y un día lo eché por la ventana, como esos amos intolerantes arrojan de su casa a la criada que tuvo un desliz.

  Desde entonces estoy resignado a pasar sin reloj y esto me ha hecho perder muy buenos amigos por faltar a sus citas.

 

Luis Buñuel

sábado, 7 de marzo de 2009

Teorema

Si por un punto fuera de una recta trazamos una paralela a ella obtendremos una soleada tarde de otoño.
En efecto.
El cielo todo ojos azules refleja el sueño sin peces de los estanques y éstos a su vez bañan tibiamente la pereza de la tarde.
Los árboles ciegos pasan en lenta procesión y en sus más altas ramas pía oro alguna hoja rezagada.
Las calles en masa quieren salirse a pasear al campo pero tan lentamente que pronto los viandantes se las dejan atrás todas estremecidas al sol.
Campos amarillentos trepan por colinas y alcores y allí se tienden, con las piernas abiertas, en espera de la noche. Sólo unos chopos, siempre inquietos, telegrafían un «morse» sin hojas.
Un seno duerme runruneando al sol.
La torre de la iglesia, como un índice, señala la última nubecilla blanca.
Después de un bordoneo un silencio y luego pasa Cristo vendiendo voces.
Las golondrinas besan el pico de las siete.
Una descarga cerrada de veletas por el aire.
Las orejas de aquel mulo –él no se apercibe- reabsorben la tarde.
Se extingue la luz en mis solapas.
Es la hora en que comienza el solitario parto de las farolas.
Alguien da media vuelta al interruptor de las estrellas.
Que es lo que no nos habíamos propuesto demostrar.

Luis Buñuel



domingo, 1 de marzo de 2009

Pesimismo

He estado siempre al lado de aquellos que buscan la verdad, pero los dejo cuando creen haberla encontrado. Se vuelven muy a menudo fanáticos, lo que detesto, o si no ideólogos: no soy intelectual y sus discursos me hacen huir. Como todos los discursos. Para mí el mejor orador es aquel que desde la primera frase saca de sus bolsillos un par de pistolas y dispara sobre el público.
Soy un hombre tranquilo que habría querido ser escritor o pintor. Pero escribo con dificultad para un resultado que me gusta poco. No soy muy sensible a los colores y sólo la pintura figurativa me interesa a condición de que la escena que representa me guste. He escrito sin embargo, en mi juventud, un libro compuesto de poemas, de ensayos, de cuentos que jamás he publicado. Lo había titulado Un perro andaluz. Pero Dalí me convenció que el título convendría mejor a mi primera película porque en ella no había nada andaluz y porque jamás se trataba de un perro. Hemos imaginado este film juntos, cuando aún éramos amigos. Dalí había soñado con una mano agujereada de la que salían hormigas, y yo con un ojo seccionado. Hemos continuado así, ora sacando imágenes de nuestros sueños, ora buscando otras que conservábamos si no correspondían a nada de lo que ya conocíamos. En ocho días encontramos material para una película que mi madre me ayudó a realizar económicamente. El cine me había seducido siempre porque es un medio de expresión completo, alternativamente realista u onírico, narrativo, absurdo o poético. Un día vi la película de Fritz Lang Les trois lumières y creo que la escena de la procesión funeraria que penetra en un muro decidió mi vocación. Después de Un perro andaluz tenía todavía más ganas de continuar haciendo cine. Volví a París, que me fascinaba por la abundancia de su vida artística. Me uní a Breton, a Éluard, y después al conjunto del grupo surrealista que se había entusiasmado con mi película, mientras que Lorca la detestaba. Inventé Gags. Había puesto a punto una veintena pero no tenía dinero para hacer el film que deseaba. Con la ayuda de amigos se convirtieron en L’Âge d’Or. Después, la lectura de un libro admirable, escrito por un francés que había pasado una parte de su vida en Las Hurdes, me inspiro Terre sans pain.
No he realizado más películas durante quince años. En Hollywood, durante 1930, recibí propuestas para ser productor pero no para dirigir películas. Pedí entonces permiso al grupo surrealista para ir a los EE.UU. y me lo fue dado. No me encontraba muy feliz allí cuando Dalí publicó un libro en el que me denunciaba como ateo, insinuaba que era comunista (no lo he sido jamás, ni anarquista tampoco), y que no soñaba nada más que en revueltas y desórdenes, he sufrido tantas molestias que tuve que presentar mi dimisión. Allí comencé a hacer otra vez cine con Gran Casino, que considero una pala película.
Todo género de espectáculo tiene su público en particular. El que va al cine es, en general, el menos simpático de todos. Hacer cola lo pone de mal humor: jamás se le ve el entusiasmo de un aficionado a una corrida de toros. En el fondo, es un falso público que no está en relación con nadie sino con imágenes. Estas imágenes lo adormilan si son vulgares o lo distraen si son muy bonitas. Los americanos que lo han comprendido perfectamente dan prioridad a la acción. Guardo de mi estancia en los EE.UU. gran admiración por el cine americano, sus actores, su sentido del ritmo y de la acción. Sus cineastas han tratado con una maestría única un arte moderno que corresponde muy bien al temperamento de este pueblo, puede ser porque la técnica juegue allí un papel esencial. En todo caso, he querido como ellos eliminar de mis películas las bellas imágenes en las que el cine europeo se ha perdido a menudo, exceptuando a Visconti. Algunas veces me he sentido tentado: el principio de Nazarín habría podido ser una imagen soberbia con el Popocatpetl cubierto de nieve con una luz digna de la creación del mundo. He rodado ese plano. Pero he querido también que Nazarín llegue por un camino lleno de baches, en un paisaje miserable y sin atractivo. He escogido este segundo plano.
En mis películas concedo por consiguiente una importancia particular a la acción y me esfuerzo por crear incesantemente sorpresas. El punto de partida es a menudo una idea muy simple: gentes que no puedan llegar a comer (Le charme discret de la bourgeoisie) o que son incapaces de salir de algún lugar (El ángel exterminador). Esta idea es progresivamente desarrollada hasta convertirse en un argumento muy preciso que me guía a lo largo de la realización y el montaje. El montaje, que reúne las escenas filmadas en desorden y da un film unidad, no es más que un asunto de dos o tres días. En revancha, los detalles de los planos son inventados a medida que el rodaje, con una preocupación constante de romper la evolución de cada escena, de crear rupturas. En Cet obscur objet du désir, en el momento en que Fernando Rey da dinero a la madre para tener una cita con su hija al día siguiente, una rata cae del techo. ES una rata de caucho. Me gusta que la sorpresa haga reír y me sirvo mucho de objetos, del fetichismo que inspiran, para crear un efecto cómico. Bien es cierto decir que el fetichismo me molesta en la realidad.
El cine me parece un arte transitorio y amenazado. Está muy estrechamente ligado a la evolución de la técnica. Si dentro de 30 o 50 años la pantalla ya no existe, si el montaje no es necesario, el cine habrá dejado de existir. Habrá llegado a ser otra cosa. Estamos ya casi en este caso cuando un film se pasa por televisión: la pequeña dimensión de la pantalla lo falsea todo. ¿Qué quedará entonces de mis películas? La mayoría no me inspiran ninguna estima. Sólo guardo cierto cariño por una decena de ellas, lo que es poco en relación con las que he filmado: L’Âge d’Or, sobre todo; Nazarín; Un chien andalou; Simón del desierto; Los olvidados, cuya preparación me hizo conocer la delincuencia infantil y me sumergió en el corazón de la miseria mexicana: Viridiana; Robinson Crusoe; La vida criminal de Archibaldo de la Cruz; La Voie Lactée; Le charme discret de la bourgeoisie…
Son las películas que expresan mejor mi visión de la vida. El surrealismo me ha hecho comprender que la libertad y la justicia no existen, pero me ha aportado también una moral. Una moral sobre la solidaridad humana cuya importancia para mí había sido comprendida por Éluard y Breton cuando me llamaban con humor «El director de la conciencia» en su dedicatoria de La Inmaculada Concepción. He ilustrado esta moral a mi manera que es muy particular porque creo que soy por naturaleza un espíritu destructor.
Y desde luego de toda sociedad. A menudo he vuelto sobre el tema del hombre en lucha contra una sociedad que busca oprimirlo y degradarlo.
Cada hombre me parece digno de interés, pero cuando están reunidos, su agresividad queda libre convirtiéndose en un ataque o en huida, ejerciendo violencia o sufriéndola. La historia de las herejías lo demuestra perfectamente, y es ésta la razón por la que me he interesado mucho por las herejías, como puede encontrarse indirectamente en muchas de mis películas, y sobre todo en La Voie Lactée. Me fascina ver que si unos hombres se reúnen alrededor de una convicción, si forman una sociedad fundad en esta convicción, basta que uno de ellos difiera, aunque sea de manera ínfima, para que sea tratado como el peor de los enemigos. Una secta protestante del siglo XVII ha sido perseguida a la vez por los católicos y por otros protestantes porque mantenía que el cuerpo de Cristo se encontraba en la hostia como el conejo dentro de la empanada. Matar hombres por esto me parece una monstruosidad absurda. No me gustan los herejes, ni Lutero, ni Calvino. Con ellos la misa se convierte en una conferencia aburrida pronunciada en una sala triste por un hombre vestido de negro. La iglesia católica, al menos, ha tenido el mérito de crear una arquitectura, una liturgia, una música que me conmueven. Pero admiro al hombre que permanece fiel a su conciencia, cualquier cosa que ésta le inspire. Aunque he tratado burlonamente a la mayor parte de los protagonistas de mis películas, jamás me he burlado de Nazarín o de Robinson Cursoe: he respetado su pureza. En el fondo, siempre he elegido al hombre contra los hombres.
Hoy he llegado a ser mucho más pesimista. Creo que nuestro mundo está perdido. Será destruido por la explosión demográfica, la tecnología, la ciencia y la información. Es lo que llamo los cuatro jinetes del Apocalipsis. Me siento asustado por la ciencia moderna que nos conducirá a la tumba por la guerra nuclear o las manipulaciones genéticas, a menos que lo sea por la psiquiatría como en la Unión Soviética. Europa deberá recrear una nueva civilización, pero temo que la ciencia y las locuras que es capaz de desencadenar no dejen tiempo para llegar a hacerlo.
Si tuviese que hacer un último film lo haría sobre la complicidad de la ciencia y del terrorismo. Aunque comprendo las motivaciones del terrorismo, las desapruebo totalmente. No resuelve nada: hace el juego a la derecha y a la represión. Uno de los temas del film sería el siguiente: una banda de terroristas internacionales se prepara para cometer un grave atentado en Francia, y en ese momento se conoce la noticia de que una bomba atómica ha explotado sobre Jerusalén. La movilización general es decretada en todos los lugares; la guerra mundial es inminente. Entonces, el jefe de la banda telefonea al presidente de la República. Informa a las autoridades francesas del lugar exacto, en una barcaza cerca del Louvre, donde pueden recuperar antes de que explote la bomba atómica que han depositado allí. En efecto, su organización había decidido destruir el centro de la civilización, pero ha renunciado al atentado porque la guerra mundial va a estallar y la misión del terrorismo ha terminado. En adelante es asumida por los gobiernos que toman a su cargo la destrucción del mundo.
El exceso de información ejerce también un importante deterioro en la conciencia de los hombres actuales. Si el Papa muere, si un jefe de Estado es asesinado, la televisión está allí. ¿Para qué le sirve al hombre estar presente en todas partes? El hombre de nuestros días jamás se encuentra consigo mismo como sabía hacerlo durante la Edad Media.
De todo esto resulta que la angustia es absoluta, y la confusión, total.
He conocido una época en que la derecha y la izquierda ocupaban posiciones bien definidas. La lucha tenía entonces un sentido. Ahora la civilización soviética me parece igualmente trágica que el mundo occidental. ¿Queda como única elección refugiarse en Moscú, que detesto, o en Nueva York, que no me gusta? Elegiría Nueva York, pero ¡con qué tristeza!
A veces busco una luz de esperanza en este mundo de pesimismo.
Sueño que la ciencia se ha vuelto más sabia, y los sabios, conscientes de su responsabilidad.
En la película en que pensaba, hubiese querido rodar en la sala del Reichstag una reunión de quince premios Nobel científicos recomendando colocar bombas atómicas en el fondo de los pozos petrolíferos. La ciencia entonces nos sanaría de aquello que alimenta nuestras locuras. Pero creo más bien que lo peor terminará arrastrándonos, porque después de Le chien andalou el mundo ha progresado hacia el absurdo.
Sólo yo no he cambiado. Permanezco católico y ateo gracias a Dios.

Introducción: Luis Buñuel

Me convertí en una seguidora del intelecto del español Luis Buñuel. Así, por curiosidad y casualidad, me topé con un libro de recopilados de Luis Buñuel como escritor. El lado oscuro del surrealista Buñuel. Así, busqué en la web alguno de sus cuentos o similar transcrito, pues es inspirador. Ninguno encontré en líneas digitales. Frustrada, aquí decido compartir con otros fanáticos o futuros observadores una serie de escritos de Luis Buñuel que decidí transcribir para retroalimentación de la mente hambriente, sin ánimos de lucro.


Y para quien llega aquí por casualidad:

Luis Buñuel (nacido en Aragón, España el 22 de febrero de 1,900, fallecido en México Distrito Federal el 29 de julio de 1983) fue un artista, y sobre todo, cineasta surrealista.
Casi toda su producción fue hecha en México, y Francia, lugares donde recidió la mayor parte del tiempo de su vida.

Efectivamente, está ligado en la juventud al divino Dalí, con quien compartía espacio en el grupo surrealista español.
El aragonés será siempre uno de los más importantes cineastas, y el ícono del surrealismo en la pantalla grande.



El grupo surrealista. Dalí, Moreno Villa, Buñuel, Lorca.

Algunas de sus obras más representativas:

*Un Perro Andaluz (está en YouTube) con Dalí.

*L'Âge d'Or

*Los Olvidados

*Las Hurdes

*Nazarín

*Viridiana

*Tristana

Más información:

Luis Buñuel en Wikipedia

Sitio oficial del centenario Buñuel

Luis Buñuel en IMDB (internet movie data base)